¿Calambre, rotura o una sobrecarga? Aprende a identificar cada lesión muscular
Aunque el ciclismo no es un deporte, por la falta de impacto en el gesto deportivo, que sea muy propenso a las lesiones, cierto es que, cuando entrenamos con intensidad y exigimos al organismo cada día un poco más nunca estamos exentos de sufrir una. De las posibles lesiones, las musculares suelen ser en muchas ocasiones las que más lata dan. Te explicamos como diferenciar una verdadera lesión de algo más leve y asociado al esfuerzo.
Que las lesiones musculares no te dejen fuera de combate
Como decíamos, en el ciclismo no es especialmente común sufrir lesiones musculares de gravedad. En la mayoría de los casos se limitan a calambres o contracturas que suelen producirse cuando llevamos nuestras piernas más allá de lo que nuestro entrenamiento admite, máxime si se combinan con jornadas calurosas o excesivamente frías y nuestra hidratación no ha sido la mejor.
Una afección que suele ser más común en los músculos dispuestos entre dos articulaciones como es el caso de los de las piernas. Que levante la mano quién no haya sufrido alguna vez un calambre en el gemelo o en los cuadriceps tras muchas horas de pedaleo? Del mismo modo, el esfuerzo acumulado nos puede dejar ciertas zonas de los músculos inflamadas y doloridas. Seguro que los que habéis entrenado para competir conocéis perfectamente la sensación cuando se suceden microciclos de mucha carga. La diferencia entre el calambre y la sobrecarga la encontramos en que el primero se produce de forma súbita mientras que la segunda es el resultado de un esfuerzo prolongado.

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En estos casos, aunque el músculo se nos quede dolorido y afecte a nuestra capacidad de pedaleo, no supone mayor gravedad y se recupera con estiramientos, reposo y la ayuda, por ejemplo, del efecto antiinflamatorio que supone aplicar hielo y, por supuesto, las hábiles manos de nuestro fisioterapeuta de confianza.
Cuando hay que preocuparse es cuando sufrimos la temida rotura muscular. Una lesión súbita que se identifica por un dolor intenso y repentino, como un pinchazo o un mordisco en el músculo. En función de su gravedad, puede tratarse de una microrotura que nos permita continuar la actividad o algo más grave que directamente resulta incapacitante para seguir el pedaleo. A menudo es fácil de identificar porque, con el paso de las horas, va acompañada de un hematoma, producto de la rotura de vasos alrededor de la zona afectada.

A menudo las roturas musculares suelen venir asociadas a la falta de calentamiento adecuado o a realizar esfuerzos intensos cuando los músculos ya sufren de sobrecarga y no se les ha dejado recuperar adecuadamente. Además, si en el pasado hemos sufrido alguna rotura la zona donde ha cicatrizado esta es candidata a volver a ser un punto de ruptura de las fibras musculares.
Como suele ocurrir con las lesiones, es mejor prevenir que curar. Realizar actividades acordes a nuestro entrenamiento, no salir a mil por hora sin calentar previamente y mantener unas buenas pautas de recuperación entre sesiones de entrenamiento, especialmente si ha habido gran intensidad, serán factores clave para prevenir roturas musculares. Aun así, si esta llega, tocará estar en el dique seco una temporada, más cuanto más grave haya sido y recurrir a técnicas como la fisioterapia para favorecer una buena recuperación de la lesión que nos posibilite volver a pedalear cuanto antes.