Más de 600W bajo fatiga, así reventó Pogacar el Tour de Flandes a base de ataques constantes
El tercer triunfo de Tadej Pogacar en el Tour de Flandes no fue una exhibición basada en un único ataque demoledor, sino en algo mucho más difícil de ejecutar y todavía más complicado de contrarrestar. La capacidad de sostener esfuerzos cercanos al máximo cuando la carrera ya estaba completamente rota. Ahora, con los datos ofrecidos por Velon y su actividad compartida en Strava podemos recomponer cómo lo hizo.
Pogacar convirtió Flandes en un test de potencia con ataques continuos por encima de los 600W
La clave no estuvo en el momento final, sino en cómo se llegó hasta él. Cuando la carrera superaba ampliamente las cuatro horas de competición fue donde Pogacar empezó a marcar el territorio.
Lejos de esperar al movimiento definitivo en los muros clave, optó por una estrategia mucho más agresiva. UAE convirtió la carrera en un proceso de selección continuo, endureciendo el ritmo antes de cada cota y obligando a todos a correr siempre al límite. Ese planteamiento no buscaba una diferencia inmediata, sino erosionar a los rivales hasta que la carrera quedara reducida a un grupo mínimo.
Cuando llegó el segundo paso por el Kwaremont, el contexto ya era completamente distinto al de una clásica habitual. Los corredores que seguían en cabeza lo hacían después de varios cambios de ritmo encadenados, sin apenas margen para recuperar. En ese punto, Pogacar lanzó uno de sus movimientos más exigentes, rodando durante casi tres minutos en valores cercanos a los 530 vatios de media y disparando la potencia en los tramos más duros por encima de los 600.
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No fue un ataque definitivo, pero sí el que terminó de ordenar la carrera. Solo Mathieu van der Poel y Remco Evenepoel lograron sostener ese nivel, mientras Wout van Aert quedaba en una zona intermedia que, en este tipo de esfuerzos, suele ser la antesala del colapso.

El siguiente punto crítico llegó en el Paterberg. Un esfuerzo corto, explosivo, donde la potencia se dispara por encima de los 600 vatios y donde cualquier exceso se paga de inmediato. Evenepoel, en un intento por mantenerse en carrera, se implicó más de la cuenta y terminó por vaciarse. Esa decisión, más que una falta de fuerza, marcó su carrera. Cedió unos segundos en la cima que, con la dinámica que llevaba la prueba, se transformaron en una diferencia definitiva.
Ahí se produjo un cambio táctico determinante. La colaboración entre Pogacar y Van der Poel estabilizó la ventaja en el llano, neutralizando cualquier opción de regreso por parte del belga. La carrera pasó de ser una persecución abierta a un duelo directo.
Sin embargo, incluso en ese escenario, la sensación no era de igualdad real. Van der Poel podía responder a los cambios de ritmo, pero lo hacía cada vez más al límite. Pogacar, en cambio, seguía acumulando esfuerzos sin mostrar una caída brusca en su rendimiento.
El desenlace llegó en el último paso por el Kwaremont, pero no como un estallido puntual, sino como la consecuencia lógica de todo lo anterior. Pogacar volvió a acelerar, esta vez con cifras ligeramente inferiores en términos absolutos, pero en un contexto de fatiga extrema. Ahí es donde se entiende la diferencia real.
Porque no se trataba de quién podía hacer el mejor minuto o los mejores dos minutos, sino de quién podía repetir ese nivel después de casi seis horas de carrera, varios ataques máximos y un largo relevo a dúo. En ese terreno, el esloveno no tiene rival. Al finalizar la carrera, el propio Van der Poel explicaba que ahí iba a 650 vatios y no podía seguirlo.
La ventaja se abrió sin necesidad de un cambio violento. Primero unos metros, luego segundos, y finalmente una diferencia que ya no dejó lugar a la respuesta. Van der Poel cedió de forma progresiva, sin un punto exacto de ruptura, lo que refleja mejor que ningún dato el desgaste acumulado.
El resultado final confirmó lo que ya se había visto en carrera, pero el análisis va más allá de la clasificación. Pogacar no ganó por ser el más explosivo ni por elegir el momento perfecto. Ganó porque fue capaz de sostener una intensidad inalcanzable para el resto cuando la carrera ya estaba en su punto más crítico.